La iniciativa comenzó con una pequeña parcela experimental de apenas 395 plantas, concebida como un espacio para estudiar la adaptación de la variedad a un entorno continental, seco y de elevada amplitud térmica. Dos años más tarde se realizó la primera microvinificación, cuyos resultados alentaron a la bodega a ampliar la superficie cultivada con una hectárea adicional.
Según explicó Javier Lo Forte, responsable enológico de la bodega, durante la presentación del vino que se realizó en el hotel Casa Lucía, de Recoleta, uno de los principales desafíos fue encontrar el momento adecuado de cosecha para conservar la frescura y la acidez natural del vino. El trabajo en el viñedo permitió además descubrir la notable capacidad de adaptación del Albariño a la intensa radiación solar mendocina gracias al grosor de sus pieles.
La cosecha 2025 marcó un punto de inflexión para el proyecto. Tras varios años de ensayos en viñedo y bodega, el equipo logró definir un estilo propio que combina la tensión y la elegancia aromática características del Albariño con mayor estructura y volumen, atributos asociados al terroir mendocino.