A menos de un mes de su apertura, el local está lleno a la hora de la cena, el servicio funciona en forma fluida y los platos en su conjunto redondean un concepto. Es muy fácil percibir que detrás del flamante Allenby, que desde el número 2050 de la calle Vicente López mira al cementerio de la Recoleta, hay gente experimentada en gastronomía.
Detrás de este restaurante que se autodefine como de cocina del Mediterráneo o “el Este” se encuentran los hermanos Waisman (Alejo, Martín y Tomás). Creadores de Fervor Sottovoce, El Burladero y la cadena Il Quotidiano, en esta ocasión apuestan por una propuesta que combina cocinas de distintos países, en una carta muy inclusiva, con opciones para distintas paladares.
El local cuenta con mesas en la ancha vereda (donde se encuentra el Village Recoleta) y un amplio salón con barra; entre ambos espacios redondea unos 200 cubiertos. Sillas y sillones cómodos, impecable vajilla de Volf y una decoración de tonos amables conforman un ambiente amable y relajado.
El servicio de mesa arranca con un pan bagel con sesamo acompañado con un aceite de oliva y za’atar. Para el aperitivo funcionan muy bien las kombuchas que se sirven de grifo y son cuatro. Por citar una, la NRG: té rojo, ananá, maracuyá, guaraná, moringa y café verde.
Otra opción son los cocktails (clásicos), los mocktails (creaciones originales), cerveza tirada y una carta de vino que atraviesa de arriba a abajo las distintas líneas de la bodega Escorihuela Gascón.
Hay una buena variedad de entradas frías y calientes, y lo más razonable es pedir varias para compartir (ya que las porciones son muy razonables… ¡a Dios gracias no son esos mini platitos hoy tan habituales!). El hummus con pickles y laffa, el aguachile de melón, entre las frías, son muy recomendables; entre las calientes se destacan el cigarro marroquí con berenjenas y tahina y los adictivos ribs de choclo al Josper.
Al momento de los principales hay bastante para elegir: sándwiches (de pastrami, cheeseburger, entre otros), ensaladas, una interesante variedad de pizzas (desde una clásica margherita hasta una pastrami u otra de lamaiyin de cordero) y otros al carbón: pollo, pastrami, trucha patagónica.
En los postres se destaca su flan de sésamo y sus helados soft de elaboración propia, como el de pistacho (muy logrado) y el de yugur con topping de granada.
De 8 a 24, Allenby funciona con horario de corrido y su carta recorre todas las posibilidad. Es ampia su carta de cafetería y más aún la de pastelería. Los precios son muy razonables, sobre todo si se toma en cuenta que las porciones son generosas.