Si con Achaval Ferrer Santiago Achával (y sus socios Manuel Ferrer y Roberto Cipresso) convencieron al consumidor internacional (y al local) del valor del Malbec de viñas añosas como intérprete del terroir, el camino que luego emprendió -también junto a “Roby” Cipresso- en Matervini es una vuelta de tuerca que busca ese objetivo pero a través de terruños no aluvionales. De todo eso y más habla en esta entrevista.
“Nací en Estados Unidos, en Minnesota, cerca de la frontera con Canadá, con inviernos de 35° bajo cero. Todo el pueblo giraba en torno a un hospital, un centro de excelencia a nivel mundial de la medicina: la Clínica Mayo. Papá es médico y estaba trabajando allí”, comienza diciendo Santiago Achával.
–¿A qué edad viniste a la Argentina?
–Vine a la Argentina con seis años, sin hablar una palabra de castellano. Papá estaba terminando de cerrar un trabajo que le habían ofrecido en Córdoba, mientras vivimos en el barrio de Once unos meses, y decidieron que tenía que ir al colegio a aprender castellano. Hoy en día a los chicos los acompañás en las primeras semanas al colegio de la mano, te quedás en el aula… Mi experiencia fue que me dejaron en la vereda de un colegio del Once y me dijeron te vemos al mediodía.
–¿Se tomaba vino en tu casa?
–Papá tomaba una copita de vino con la cena, pero como médico era consciente de que hay un 3% de la población que genéticamente tiene predisposición hacia la adicción al alcohol. Entonces no nos dejó tomar nada antes de los 18. Cuando cumplí 18 le pedí “papá, pasame el vino”, y me dice “no has leído la letra chica del contrato. Dice que a los 18 puedes comprar tu propio vino”. Digo todo esto para indicar que del mundo del vino en mi infancia no había nada.
–¿Cuándo diste el primer paso?
–¿Cómo arrancaron?
–Hice algunos emprendimientos para juntar dinero y en el 98 compramos en Tupungato la primera tierra de lo que sería Achaval Ferrer. Y en el 99 dejé Minettí para enfocarme 100% en la bodega. Al principio, la idea era hacer un blend de estilo Burdeos y otro de estilo del Ródano. Pero recorriendo Mendoza nos encontramos con un viñedo de viña vieja en La Consulta. Roby probó la uva y me dijo: “Hay que comprarlo ya”. Y lo compramos. Ahí hicimos el Finca Altamira 99, un Malbec que fue el primer vino argentino en sacar cinco estrellas de Decanter.
–¿Por qué pasaron de la idea de blends al Malbec?
–Cuando vos te pegás de frente contra una tapia de ladrillos de tres metros de alto reconocés la realidad. Roby dijo: “Acá, chicos, estamos frente a algo único en el mundo, los Malbec viejos de la Argentina son un monumento al viticultura mundial”. Eso exigía cambiar todo el plan y empezar de cero, enfocados en las viñas vieja de Malbec, en el terroir.
–¿Cómo nace Matervini?
–Con Roby teníamos un vino que veníamos haciendo en Salta y que no tenía lugar dentro del concepto de Achaval Ferrer. También teníamos una tierra que habíamos comprado arriba de Mendoza, donde el pedemonte termina en la Cordillera, a 1600 metros de altura. Lo habíamos plantado en 2008 y también estaba afuera del paradigma de Achaval. Roby tenía una poderosísima intuición de que esta era ya una nueva frontera vitícola. De repente, en 2013, dio 60 kilos de uva con los que obtuvimos un vino extraordinario. Y ahí es cuando empezó a cristalizar la siguiente bodega, con la idea de seguir con Malbec y terroir, pero con geologías no aluvionales.
–¿Me explicás ese concepto?
–En un suelo aluvional las piedras que lo conforman son de distinto origen, está ahí mezcladas, mientras que en un suelo no aluvional solo se encuentra la piedra del lugar. Son lugares difíciles, en general no cultivados, porque no pueden ser regados en forma tradicional por acequias, solo se pueden cultivar con goteo. La vuelta de tuerca con Matervini fue tomar la idea de Achaval Ferrer de usar al Malbec como intérprete, pero llevándolo a suelos más potentes.